En primer lugar quiero pedir disculpas a todos y todas por la imperdonable sequía bloguera de los últimos meses.
Me ha dado pie a retomar esta necesaria actividad el comentario que Paco Ratia dejó en mi última entrada. Me explico.
En aquella entrada de finales de junio, yo reflexionaba sobre la muerte de uno de los iconos de la cultura popular del último tercio del siglo XX y de principios de este XXI, Michael Jackson. Empezaba haciéndolo recordando la anécdota de cómo, treinta años atrás, había disfrutado del privilegio de ser el primer chico de mi barrio que tenía en sus manos un ejemplar de Destiny, aquel fabuloso disco de la mítica banda que Jackson formara con sus hermanos, los Jackson Five. Contaba que mi padre me lo había traído de un viaje a Alemania, el pimero o el segundo que hacía al extranjero.
Sí, Paco, ese Fernando Martínez era el Fernando Martínez que tú crees. Recuerdo que me habló del frío que pasasteis, de otras vivencias de aquel inolvidable viaje. Desgraciadamente, era y ya no es, querido Paco, porque él ya no está entre nosotros. Más exactamente, habría que decir que no lo está en un sentido puramente físico, material, porque para quienes le amamos, que me atrevería a afirmar que somos todos los que le conocimos, su presencia sigue siendo una constante, incluso careciendo como es mi caso de cualquier creencia religiosa o pseudoreligiosa.
El día 1, dentro de poco más de una semana, se cumplirán nueve años desde que un inesperado infarto se lo llevó por delante cuando solo le quedaban dos meses y medio para jubilarse. Es buen momento por tanto para recordarle, aunque en realidad, las palabras de Paco me han vuelto a demostrar, sin que hiciera falta, que casi nadie le ha olvidado.
Aquellos a quienes los dioses aman mueren jóvenes, dice una cita clásica. Mueren jóvenes, pero viven siempre en nuestros corazones.