Increíble. Escribo estas líneas emocionado, todavía con el nudo en la garganta que un tipo tan grande como Federer ha puesto a medio mundo. Nadal es el primer español que gana el Open de Australia, es de largo el mejor tenista que jamás ha tenido este país. Manolo Lama ya ha sentenciado: es el mejor deportista español de todos los tiempos. Es posible.
Es posible incluso que llegue a ser el mejor tenista de la historia.
Carece de la clase de Federer, que lo hace todo tan fácil, con esa derecha tan natural y su revés clásico a una mano, que dicen que es su peor golpe. No saca con la potencia que lo hacen Rodrik o el propio Federer. Quizá tampoco tenga la elegancia de Sampras o Edberg, ni el talento de McEnroe, que más que correr a veces flotaba sobre la pista. Pero técnicamente roza la perfección, su juego es muy equilibrado y su progresión parece no tener límites. Confieso que hace sólo un par de años, yo -y supongo que muchos aficionados más-, le veíamos como dominador incontestable de la tierra batida durante muchas temporadas más, pero no pensábamos que fuese a ganar Wimbledon desde el fondo de la pista. Al menos no tan pronto y frente a un Federer que en ese terreno se había mostrado inexpugnable. Sin embargo llegó aquel inolvidable 6 de julio del pasado año y la historia cambió. Creo que ése es el verdadero punto de inflexión en su carrera. A partir de ahí, como digo, todo apunta a que Nadal no tiene límites.
Aparte de un físico privilegiado y de un instinto natural para este deporte, su gran baza es su enorme fuerza mental. Ahí es donde es manifiestamente superior a todos sus rivales, incluido el bueno de Federer, un auténtico gentleman como hoy ha demostrado de nuevo. En un deporte en el que la exigencia de concentración es máxima, normalmente gana quien sabe controlar sus nervios, su genio, sus emociones. Y Rafa Nadal es en eso un maestro. Lo interesante es que lo era ya hace tres años y medio, cuando con diecinueve recién cumplidos ganó su primer Roland Garros; su evolución como tenista y como persona nos dice que en ese aspecto no hará sino mejorar.
La final de hoy tal vez no ha tenido la épica de la de Londres del pasado verano, con aquellas interrupciones por la lluvia, con la angustia por el temor a quedarnos sin luz en el momento decisivo, con aquel quinto set absolutamente agónico, dramático, casi trágico... La semi del viernes con otro tenista español en estado de gracia, el madrileño Fernando Verdasco, ha sido el partido más largo de la historia del Open de Australia, pero hoy, en un partido emocionantísimo, con tenis de muchísimos quilates, Nadal ha añadido otra gesta más a su exitosa carrera y ha agigantado aún más su mito.
Rafa Nadal es además un ejemplo de discreción, de sencillez, de buena educación. Rafael Nadal interpreta como nadie los valores del deporte: esfuerzo, sacrificio, humildad, respeto al adversario... Todo ello le convierte en un icono ante la juventud.
Ojalá sea el primer español que gana los cuatro slams. Piensen en que ninguna de las grandes raquetas que he citado lo ha hecho: a todos, como a Lendl, a Borg o a Connors, les quedó alguna asignatura pendiente.
Tal vez sea el primer tenista masculino en volver a ganarlos en una misma temporada, cosa que no sucede desde que en 1969 lo hiciera Rod Laver. De momento ha comenzado bien. La copa de hoy la ha recibido de manos del mítico australiano, el único que ha hecho esa hazaña dos veces.
Quién sabe. A lo mejor es una premonición.
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